Vivir en movimiento: primeros aprendizajes 

Ayer me fui a la cama confusa, algo abrumada. Llovía, me esperaba otro vuelo al día siguiente, otro lugar desconocido con sus reglas desconocidas. Otra vez volver a estar súper alerta, volver a orientarme, volver a descifrar el nuevo código. Mi teléfono murió durante casi una hora y en el intento de solucionarlo descubrí que algunas teclas del portátil que transporto para escribir por el camino dejaron de funcionar; y parece nimio pero dos letras pueden quitarle el sentido hasta a la frase más sencilla.

Me desesperé un poco en mi intento de mantener la calma. Creo que obligarse a mantenerse en calma en situaciones desbordantes no sirve, funciona a modo de contenedor y oprime una energía que necesita ser liberada. Así que mandé todo al caraj* y acudí a desahogarme virtualmente entre amigos cuando todo se solucionó. Lo bueno es que las situaciones catastróficas tienen su punto gracioso si te va el humor negro como a mí, así que me eché unas risas frente a la pantalla mientras el muchacho de la puerta de al lado se preguntaba con qué clase de demente le había tocado compartir.

En fin, estos últimos días que he pasado sola han dado para mucho. Los necesitaba desesperadamente, pero fue difícil al principio. Me hice toda clase de preguntas existenciales para las que no tengo respuestas, me planteé el sentido de mi existencia y hasta el contenido de mi propia identidad. Me pregunté, sin solución, para qué sirve todo esto que estoy haciendo, cómo la experiencia va a acercarme más a… ¿a dónde?

Y aunque al principio toda esta incertidumbre me hizo sentir triste, sola, mal, creo que era (y seguirá siendo) necesaria para evolucionar, para todo lo que tengo que descubrir aún.

Lo que aprendí viajando sola, primera parte

Soy consciente de que todo esto que me ocupa es absurdo e irrelevante para muchos. Me dicen que no piense tanto, que sienta más; pero yo no sé cómo separar estas dos cosas. Sí sé que hacerme estas preguntas y conseguir entender alguna que otra cosa es vital para mi cordura.

1. SEGUIR APRENDIENDO 

Así pues, lo primero que aprendí en esta breve experiencia es que tengo mucho que aprender. No sé nada de vivir en movimiento. No sé nada de las catástrofes de la vida del que viaja. No sé llevar mi casa a cuestas todo el tiempo. No sé cómo no entrar en pánico si muere mi móvil. No sé qué hacer con lo abrumador de la novedad tan seguido. No sé actuar deprisa en lugares desconocidos. A veces incluso no sé cómo gestionar todo esto sola.

Aún me queda mucho, me decía anoche mi nueva hermana cósmica. Y sí, yo lo sé, me queda mucho. Esto no tiene nada que ver con instalarse a vivir en diferentes ciudades del mundo – y en esto sí que soy experta -, esto es instalarse en el movimiento y de eso estoy sabiendo ahora.

¿Qué seria de la vida si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?
-Vincent Van Gogh-

2. CONFIAR

Lo siguiente que aprendí es que hay que confiar. Confiar en que todo va a salir bien. No porque conjure ningún efecto mágico de llamada al universo, al final las cosas saldrán como salgan: una combinación de azar y nuestras acciones, sino porque la falta de confianza vuelve loco hasta al más cuerdo.

Llegados a este punto entendí que confiar da tranquilidad. Confiar implica asumir los riesgos pero no darlos por hecho. Confiar implica saberse capaz de sobreponerse a cualquier situación. Confiar implica ser consciente del magnífico potencial que tiene todo y darle margen para que suceda.

Confiar, entiendo, es esa combinación de pasividad y apertura de la que habla Osho. Abandonar la búsqueda, renunciar a construir realidades que no existen y dejarse llevar estando receptivo para lo que venga. Confiar es fluir, en pocas palabras.

3. VIVIR EN LA INCERTIDUMBRE

Otra cosa importante que tuve que aprender sí o sí en estas semanas es que no hay certezas (y esto lo explicaba anoche en Instagram). Todo cambia de un momento a otro, o puede cambiar. Sólo nos queda agarrarnos fuertes al momento y estar listos para saltar al siguiente.

no-hay-certezas
Instagram: gabycarreirad

[Anoche escribía: “Las cosas cambian muy rápido, los vuelos vienen y van, de repente aparece alguien… o se va. En principio esto no tendría que ser un problema, creo que el que de verdad entiende que el instante siguiente es impredecible y que el futuro es indomable ya tiene la batalla ganada. Pero es difícil a veces, es difícil porque nos enseñaron que si conseguimos controlar alguna cosa, hacer previsible lo que viene, ya podremos aferrarnos a algo en este vaivén incesante que es vivir.

Predecimos el tiempo. Visitamos adivinadores. Planificamos las vacaciones con meses de antelación. Nos endeudamos durante años. Como si construir en el futuro fuera alguna especie de contrato que nos mantuviera a salvo ante las catástrofes de vivir.”]

4. VIAJAR LENTO

La última cosa que aprendí en este movimiento incesante que es mi viaje – y la más importante – es que hay que moverse lento, reposar, parar. Yo esto ya lo veía venir, ya le iba dando vueltas, ya lo quería aplicar a mi vida diaria en los últimos meses en España, pero no lo entendía del todo.

Ahora sí. Porque el movimiento abruma, porque lo nuevo en exceso desorienta, porque es fácil perderse en uno mismo cuando ya nada es familiar. Y tal vez porque algunos somos más sensibles a los estímulos y necesitamos tiempo y espacio para procesar e integrarlos.

Me doy cuenta que en dos días lentos en Kuala Lumpur he empezado a pensar otra vez, he escrito, he leído, he reconectado conmigo misma. Me sentí yo de nuevo. Si esto lo extiendo más en el tiempo, ¿qué puede suceder? Tremendo potencial. Encontrar el equilibrio entre seguir en movimiento y hacer hogar en algún rincón. Así que este es mi nuevo plan.

Intensismo por el mundo

Ya conté una vez que soy una intensa diagnosticada. Siento todo muy fuerte. Hace dos días me sentía triste muy fuerte; hoy me siento feliz muy fuerte. Mañana… mañana no existe, no hay garantías.

Lo que sí sé es que en estos momentos en los que escribo mal sentada en un rincón de un aeropuerto y me hallo en las palabras (por ejemplo), todo me vale la pena. El malestar me vale la pena, la ropa sucia me vale la pena, el sentimiento de pérdida me vale la pena, la soledad, la lluvia, el desconcierto me valen la pena. La vida me vale la pena, me vale la vida.

Y no es que esté entusiasmada porque en unas horas embarco hacia Bali a encontrarme con otra amiga del mundo, es que aquí, ahora, ya entendí, ya le di sentido.

No espero nada de mañana: confío.


[Foto tomada por Lili mientras viajábamos hacia El Nido]

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