No soy mi historia: crónica del desencuentro, vol III

Como continuación de dos post anteriores titulados “no soy quien yo creía” y “no soy quien yo creía otra vez“, llega ahora “no soy mi historia”. Y mientras tanto, la incesante pregunta se repite una y otra vez: ¿quién soy, pues?

La respuesta parece ser de nivel avanzado y yo no estoy ahí todavía.

Pero pensaba ahora, que me tomé un café largo de café, que estoy enganchada a muchas historias de mierd* estos días. O estos meses, intermitentemente. La vida este año se parece a una montaña rusa de riesgo extremo acusada por mi característico intensismo. Oh, sí, soy una intensa: lidiemos con eso.

Pensaba, pues, en un libro que leí hace unas semanas. Uno de los tantos que he leído en los últimos 12 meses. ¿He aprendido algo de todo eso? —me pregunto.

El caso, este, el libro de Los cuatro acuerdos, dice: no te tomes nada de manera personal. Y yo erre que erre fustigándome por las historias ajenas. La psicóloga me dice a menudo que soy una egocéntrica y una arrogante porque me creo que todo tiene que ver conmigo. Aunque los trapos sucios para otro día.

[El libro de Los Cuatro Acuerdos, de Dr Miguel Ruiz, es muy recomendado y puedes comprarlo o echar un ojo a través de mi enlace]

No soy mi historia: del desencuentro al encuentro

Anoche hablaba con uno de los amores de mi vida, el romance más intenso de mi viaje por Asia: mi amiga Nur ❤; como ella ahora es coach y sabia y vivida, comentábamos sobre nuestras creencias limitantes —esas que nos joden la vida sin que nos demos cuenta y nos hacen creernos el centro de las historias de los demás.

Funcionamos con códigos interiorizados desde la infancia que nos hacen de intérpretes de los eventos de nuestras vidas y nos dan indicaciones sobre cómo actuar en base a esas interpretaciones. Estos códigos son las creencias. No sé si me explico. Las realidad no es de una manera u otra, la interpretamos todo el tiempo según nuestras creencias, es como llevar unas gafas de un color particular (el nuestro). Entender esto ya da cierta distancia para no creerse lo que uno ve demasiado fuerte.

En fin, el caso es que generalmente no somos conscientes de esto, a no ser que nos paremos a mirar. Así que vamos viviendo, vamos sufriendo, vamos culpando a los demás y vamos aprovechando las buenas circunstancias cuando el viento sopla en la dirección adecuada. O sea, nos dejamos un poco arrastrar por la vida, am I right?

A menudo nos enfadamos con otras personas por no hacer lo que deberíamos hacer nosotros por nosotros mismos.

El tema es: yo estoy mirando esos códigos. Me paro a observar mis incomodidades y les pregunto qué me dicen sobre mí y sobre la vida —nada bonito, usualmente.

Reflexionaba con el café: antes la vida parecía más sencilla. Yo tenía un discurso sobre quién era y qué era importante para mí y cómo quería ser yo en relación conmigo misma, con los demás, con el trabajo, etc. “Esto es así”. Y cuando algo dolía un poquito yo lo tapaba, miraba para otro lado y me repetía: “esto es así. En esta situación yo actúo así porque yo creo en esto”.

Los protocolos están muy bien, me indican más o menos la clase de persona que he querido ser. Pero ya no puedo ignorar que hay alguna cosa por debajo que hace que duela.

Pienso que cuestionar la capa superficial de mí misma rompe el contenedor que yo había creado para esos instintos más histéricos que responden a los códigos que comentamos antes. Me salen ahora, pues, las historias chungas por todos lados. Y lo más divertido es que… ¡¡me las creo todas!!

Esta es mi psicóloga en nuestras sesiones:

De ahí la saturación y la sensación de inmobilidad con las que vivo. Estoy tiranizada por mí misma y en constante guerra con todo eso que yo sé que no es verdad pero me confunde.

¿Se me sigue? Sospecho que a estas alturas el público quiere algún chisme para ejemplificar el asunto. ¿Qué es la vida virtual si no el Salsa Rosa moderno? Veremos más adelante… 😉

Si no soy mi historia, ¿quién soy?

Pues bueno, decíamos que esta pregunta es de nivel avanzado. Nivel Buda, más o menos, con que no aspiro a responderla. Todavía. ¡Ja!

En los libros fantásticos que he leído, los sabios dicen que no hay que añadirle nada el verbo ser: SOY. end of story. Esto me consuela en ocasiones porque me da la impresión de que ya es suficiente y que no hay que buscar nada más para completar con palabras lo que soy.

“I exist as I am. That is enough”
– Walt Whitman –

Otros dicen que somos luz. O amor. Y me parece muy poético, es pura potencialidad, pero el lenguaje se me queda poco práctico. Yo sí sé que tengo mucho amor y que tengo mucha luz; también sé que a menudo todo eso está oscurecido por las historias de mierd*.

Como sea. Yo no sé quién soy. Pero sí quiero insistir -a ver si me entero de una vez- en que no soy las historias que me cuento.

Más allá del éxito o la lentitud con la que crece mi negocio online; más allá del estado o la profundidad de mis relaciones con los hombres; más allá de lo llena o vacía que esté mi cuenta del banco; más allá del contacto que mantenga, o no, con las personas que configuran mi entorno social, más allá de todas estas circunstancias externas estoy yo. Y hay algo inmutable ahí, hay algo que se mantiene sólido siempre y con capacidad de creación y reinvención constante. Hay algo ahí que nunca fracasa en este acto caótico que es vivir porque siempre ES.

SOY.

Y hemos llegado por fin al mensaje importante de este post improvisado después de un café largo de café: SOMOS, independientemente de lo externo.

Creo que me lo voy a tatuar.

Llegar a esta verdad ahora me devuelve a lo poderosa que sé que soy. Las historias mías y las historias de los demás que me tambalean como a una triste palmerita unos vientos huracanados en el trópico, no pueden en realidad hacerme nada si:

  • No me las creo
  • No me las tomo de manera personal

Porque lo cierto es que ¡¡nunca tienen nada que ver conmigo!!

Mi psicóloga entusiasmada ante mi lucidez.

Dejarnos convencer por estos cuentos que nos hacen sentir mal es como ir a la guerra sin escudo y encima darle las armas al del bando contrario, es rendirse por autoabandono, es morirse en un acto de estupidez, o de ignorancia: de ignorar el propio poder y el propio valor.

Y he aquí otro asunto que he leído mucho y no dejo que me convenza: nada externo nos da valor (ni nos quita). Ni el dinero, ni el éxito, ni los amantes, ni los amigos, ni los títulos universitarios, ni el pasaporte lleno de sellos. La valía es inherente a la existencia e ignorar esto es otro acto de estupidez —por degracia la mayoría somos bastante estúpidos 🙂

En conclusión: el poder personal

Me gustaría terminar este post con una idea revolucionaria que a mí me cambió la vida cuando la tuve en cuenta: siempre podemos elegir.

No hay historia absoluta y verdadera. La realidad es que siempre podemos elegir qué nos creemos, cómo construimos y cómo nos relacionamos con la vida.

Tal vez es duro de digerir porque pasamos mucho tiempo en actitud de víctima: ¡¡esto es lo que hay!! ¿¿qué puedo hacer yo ante tan evidente realidad?? Pero saberse con capacidad de elegir lo cambia todo. En el máster de desarrollo personal que estoy haciendo nos dicen: aún cuando te pongan una pistola en la cabeza y te digan “esto o la muerte”, tú puedes elegir eso o la muerte. Eliges. Eliges. Eliges. Esto nos da no solo poder, sino también dignidad. Si he de morir, elijo morir; no me dejo matar. ¿Me explico?

Tal vez hace falta un poco de discernimiento para despejar las opciones o limpiar un poco las historias y así elegir con claridad, con los pies en la tierra o voladitos, si somos más de ideas románticas. Para eso yo voy a terapia, amigos. Aunque muchos ya tienen esta habilidad de ver con cierta claridad. Not my case, though... 🙂

Somos poderosos. Somos creadores. Siempre podemos elegir. No somos nuestras historias. Siempre nos tenemos a nosotros mismos.

Todo está siempre bien en el fondo. Porque ahí es donde estamos nosotros de verdad.

[Espero que leer este post te haya hecho sentir tan poderosa/o como a mí escribirlo]

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