Lo que no aprendí viajando

Estoy a punto de cumplir 28 años. Veintiocho. Treinta menos dos. ¿Hay algo más cerca de la adultez que estos casi treinta? Entonces me toca preguntarme qué significa ser adulta y probablemente no tenga más que un par de frases obsoletas rescatadas de boca de mis mayores y enganchadas a mis neuronas sin haber sido cuestionadas en serio nunca.

El caso es que, decía, voy a cumplir veintiocho años, llevo seis años viajando por el mundo, he vivido en (siempre tengo que contarlos) ocho sitios diferentes repartidos en los dos hemisferios del planeta y he visitado cerca de treinta países en todos los continentes. Fui a la universidad, hice varios cursos de inglés en el extranjero, trabajé en diferentes rangos de responsabilidad y estoy a punto de lanzar un pequeño negocio virtual (esto aún es secreto). Sin embargo… ¡sin embargo! a menudo siento que voy muy atrasada en mis aprendizajes para la vida y que poco sé de ser adulta.

Lo que no aprendí viajando: tolerancia a la frustración

En uno de mis posts anteriores comentaba que los que viajamos tanto estamos bien entrenados para diseñar las condiciones externas a nuestro antojo. Tenemos la capacidad de hacer la mochila rápidamente, buscar nuevos trabajos y hacer nuevos amigos donde sea que decidamos instalarnos. No nos asusta lo nuevo: nos emociona, y sabemos que no tenemos que aguantar demasiado lo que no nos guste porque, una vez más, tenemos la capacidad de cambiarlo.

Sin duda esa capacidad para transformar nuestras realidades es un superpoder en muchos casos, pero a veces, amigos, también es conveniente tener la capacidad de tolerar lo que no nos gusta.

La vida a mi antojo

A ver si me explico bien, mi vida estos años ha sido maravillosa y enriquecedora, aunque lejos de ideal. Me he enfrentado a muchas situaciones incómodas y difíciles y las he superado, pero siempre he sabido que cuando se hiciese demasiado difícil me podría ir y cambiarlo todo -cosa que hacía con frecuencia.

Ahora entiendo que existe otro tipo de valentía, que es la de quedarse cuando todo te grita “¡vete!”, y tuve que aprenderlo quedándome… aunque solo porque el cuerpo/alma/loquesea no me permitió seguir en movimiento (menos mal).

❝ Sin una tarea que suponga un reto, no puede haber transformación. Sin una tarea, no se puede experimentar una auténtica satisfacción. Amar el placer exige muy poco esfuerzo.❞
– Mujeres que Corren con los Lobos –

Ser tolerante a la frustración implica tener un Para Qué y entender que los procesos llevan tiempo (ojalá algún día no tenga que repetirme esto tanto. Ojalá mi psicóloga no se canse de repetírmelo mientras tanto).

Cuando todo es temporal y estamos siempre de paso hasta el siguiente destino, realmente no tenemos la oportunidad de poner este tipo de tolerancia en práctica porque en el periodo de unos meses o en plazos cortos con fechas específicas es muy fácil pasarse todo por… algún sitio. Es más, cuando uno se ha agarrado muy fuerte a la idea de “puedo hacer lo que me dé la gana”, se vuelve incluso bastante hedonista y cualquier esfuerzo que no esté bien justificado se descarta rápidamente.

[Un secreto, amigos: la vida requiere esfuerzo y esto no es lo mismo que sufrimiento o sacrificio.]

Sin embargo, cuando nos enfrentamos a la situación de “estoy aquí y no voy a irme a ningún lado por ahora porque tengo un objetivo mayor” toca poner en práctica otras estrategias y aprender a tolerar, a vivir con lo incómodo, a negociar con la situación.

Es muy fácil volverse necia y repetirse “yo no Tengo Que aguantar esto” o “yo no Tengo Que estar aquí: yo puedo elegir”. Pero esto no nos hace ningún favor :). Hay situaciones en las que hay que Elegir quedarse cuando queremos correr porque, sencillamente, huir nos va a llevar a un escenario similar en otro lado mientras que trascender la incomodidad y aceptarla hasta el punto de que moleste lo mínimo se convierte en otro superpoder muy importante para la vida. 

En todos lados hay mierda, todos los trabajos son incómodas, en cualquier esquina hay gilipo***, etc. Verdaderamente, ningún lugar ni estilo de vida puede cumplir la promesa de librarnos de lo incómodo de vivir.

Yo no veía esto, amigos.

Lo que no aprendí viajando: nos contamos nuestras vidas

Otra cosa que tuve que aprender del no-movimiento es que construimos y nos relacionamos con la vida acorde a las historias que nos contamos sobre ella y sobre nosotros mismos.

Qué fácil construir una bonita percepción de la vida cuando una toma cocos en las playas de una isla tropical en Tailandia, por ejemplo. Es fácil convencerse de que nada va realmente mal así. Nos podemos contar y contarle a nuestro pequeño público que la vida es maravillosa y todos nos dirán que somos muy afortunados. Algunos incluso nos envidiarán, mientras nosotras nos empeñamos en empujar la mierda al fondo la mochila para no verla tanto.

Bueno, esta es una playa en Filipinas, en realidad. Y no sale ningún coco, pero se entiende la idea, sospecho 🙂

De alguna manera nos estamos haciendo un marketing atractivo cuando decoramos nuestras vidas con paisajes exóticos o guiris ridículamente guapos (¡nos convencemos a nosotros mismos junto con los demás!). Francamente, un texto en el que contaba que me sentía perdida y como una mierda acompañado de una foto de palmeras tropicales o los rascacielos de Australia tenía un éxito que no tienen ni mis posts más optimistas en estas latitudes tan poco comerciales: el pueblito de Valencia en el que vivo.

Y aquí ya estoy contando una historia sin darme cuenta: la de que la vida en la isla tropical es más bonita que la vida con mis gatitos en casa de mis papás (¡¿Lo ves?! Jaja).

Yo amo a este bebé y lejos de él duele, pero… valoren ustedes.

Estas historias que (NOS) contamos nos predisponen ante la experiencia de vivir. Sucede, pues, que cuando estoy viajando me pasan muchas cosas emocionantes en el mundo exterior y cuando estoy aquí la vida se parece mucho a un retiro de silencio: todo lo que sucede es en mi mundo interior. Aquí no solo me relaciono principalmente con mis libros y mis gatos, sino que la poca gente que veo casi se compadece de mi pobre vida.

Ey, de pobre, nada. Pero esta es la historia que me cuento y les cuento sin darme cuenta.

Entonces, cabe hacer un ejercicio de consciencia poderoso. ¿Qué historias nos estamos contando? 

La mía es que la vida solo sucede allá fuera, en el mundo. Esto hace que me cierre y ni siquiera vea las experiencias emocionantes que se me ofrecen también aquí.

Una vez más, hizo falta no viajar, sino quedarse para entender que estamos construidos de historias, que somos contadores profesionales y que tenemos otro gran superpoder: el de contarnos una versión de nuestras vidas que nos haga bien y en la que nos gustemos a nosotros mismos.

Justo ahora leía, y concluyo con esto, la siguiente frase:

Awareness is the key to freedom.

La consciencia es la clave de la libertad. Ser conscientes nos hará libres. Ver(nos) nos deja mucho margen para decidir cómo actuar y permitirle a la vida ser.

La vida no se resiste en ningún lado. Somos nosotros todo el tiempo. 

La noche tiene colores de noche aquí y en cualquier latitud.

Así que, amigos, si entro en los 28 habiendo identificado mi historia y mis Para Qués, puedo considerarme suficientemente sabia y realizada. Considero… 🙂

[Gracias a mi psicóloga –Tupsicologia.com– por ayudarme a ver(me)]

“Puedes renunciar al mundo… serás el mismo. Volverás a crear el mismo mundo de nuevo, porque llevas la huella en la mente. No es cuestión de abandonar el mundo, es cuestión de cambiar la mente.”
– Osho –

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