Lo que aprendí viviendo fuera

He tenido la oportunidad de vivir fuera, en el extranjero, en dos ocasiones diferentes: cuando me fui de Erasmus en mi último año de universidad y cuando me fui becada por la Unión Europea al terminar la carrera. La primera vez me mudé a Oslo durante diez meses y la segunda, a Budapest durante siete.

Si bien es verdad que los dos países están en Europa y, teniendo en cuenta que el mundo es enorme, no están tan lejos el uno del otro y de España, también es cierto que poco tienen que ver unos con otros: el clima, la cultura, la calidad de vida, la gente, la forma de expresarse y de relacionarse, la forma de trabajar, la disposición de las ciudades, el entorno, etc. Todo es más o menos diferente, pero diferente. Y cuando te vas, tú, tu ser, tu todo, tienes vida y sentido en un contexto determinado en un lugar determinado, más o menos amplio.

Así pues, lo primero que se aprende al instalarse en otro país es adaptación. Esa habilidad que todos guardamos en algún rincón, pero ponemos poco en práctica. Desde que abres los ojos en tu nueva habitación o la cama del hostel en el que vas a pasar los primeros días, tu cerebro empieza a asimilar que nada a tu alrededor va a ser lo de siempre. Y no es en absoluto.

Se pone en marcha el proceso de adaptación: te habitúas a tu casa y a tu entorno, lo adaptas y te adaptas. Recorres las calles, localizas tus puntos de interés, te familiarizas con los estantes de tu nuevo supermercado, buscas esa cafetería de referencia y, en mi caso, ese local donde conseguir los mejores gofres, o los mejores helados o ese sabor reconfortante que, con el tiempo, te hace sentir un poquito como en casa.

Sabores familiares en Budapest
Café muy cuqui en Gomb Kávézó y la típica Dobosh torte casera en Budapest.

Después de un tiempo, y cuando ya has aprendido a vivir sin Google Maps, vas sin vacilar a buscar ese café matutino y dejas de invertir largos ratos descifrando productos y comparando precios en el supermercado, te has adaptado a tu entorno. ¡Enhorabuena!

Por otro lado, la adaptación social puede ser más complicada. Creo que relacionarse con gentes del mundo nos hace más conscientes del otro. Que no se me malinterprete, he visto a nacionalidades muy dispares crear vínculos sociales envidiables; sin embargo, el otro siempre es el otro, con el que compartimos algo más que el contexto, el entorno y el momento, pero al desconocer las circunstancias, el entorno y el contexto del origen, o lo que en inglés llamaríamos background, la conexión auténtica lleva algo más de tiempo.

¿Qué más he aprendido al vivir fuera?

Después de mover maletas de un país a otro de Europa, de una ciudad a otra de España, entre aviones, autobuses, trenes, AVEs y sobre mis queridos pies, aprendí qué es imprescindible¡por fin! (dice mi madre)— y empecé a deshacerme de todo lo demás. Ahora vivo con lo justo, no necesito más; no compro ropa ni zapatos que no me hagan falta, no acumulo adornos ni demasiados recuerdos que al final sólo acumulan polvo, no compro libros sin la certeza de que me van a cambiar la vida (para eso tengo un ebook). En fin, que mi vida cabe en una mochila y una maleta roja.

Sigo aprendiendo a vivir en el presente, a veces me sale mejor, a veces no me sale. Sin embargo, no dejo de intentarlo. Siempre te vas con la ilusión de ir, no de volver, pero el final está ahí, aunque sea en un segundo plano. Cada día cuenta, todo son oportunidades y muchas no se van a presentar dos veces: now or never. En contraste con esto, aprendí que es importante escuchar a mi cuerpo y cuando pide paz, que haya paz.

Oye, que viajar, emprender aventuras y empezar nuevas historias suena estupendo, pero no es todo de fantasía. Algunas personas de mi entorno me miran con las cejas levantadas y me dicen cosas como: ¡Qué morro! ¡Qué bien te lo montas! ¿Ya te vas otra vez? ¡Qué bien vives! ¡Tienes demasiada suerte, te dan todas las becas!

Bueno, majos, sí y no. Ni tengo toda la suerte ni me dan todas las becas ni vivo de juerga. He conseguido becas igual que mucha gente: compitiendo con otros y esforzándome para ello. Sí, me las han dado, pero seguramente si algunos de los que me han dicho esas cosas hubieran optado a esas becas, las habrían conseguido también. La diferencia: yo lo intenté. Además, irse implica siempre un riesgo, implica una inversión y da mucho miedo: no sabes qué te vas a encontrar por mucho research que uno haga en Internet; no tienes garantía de que vayas a conocer gente con la que conectes —aunque, venga, es muy probable—, no sabes cuándo vas a encontrar casa, ni en qué condiciones, ni con quién vas a vivir. Esencialmente, no sabes nada más que te vas, todo lo demás es incertidumbre. Y sí, además trabajo mucho y ahorro como una rata para poder permitirme empezar en otras ciudades, renuncio a algunos placeres del día a día por estas oportunidades. En definitiva, aprendí que la suerte requiere esfuerzo y que la vida no es maravillosa veinticuatro horas al día.

I’m not lucky, I make my own luck —me lo dijo una vez mi amiga Ola, que es muy inspiradora.

Fiestón en Oslo
Fiestón legendario en mi cocina Erasmus de Oslo

(No es todo de fantasía, pero tampoco va todo de madurez y sufrimiento, la verdad sea dicha)

Aún sigo lidiando con una cuestión importante que me he empeñado en rechazar inconscientemente: la renuncia. He intentado diseñar mi vida y mis viajes de manera que no tenga que renunciar a nada, esto supone mucha presión y me ha generado mucha ansiedad. Siempre hay que renunciar algo: estar cerca de la familia, el clima, el dinero, oportunidades, etc. Estoy aprendiendo que no puedo tenerlo todo y que la renuncia no sólo no es mala, es natural. He leído bastante sobre esto en el blog de Marina, este post, por ejemplo.

La familia y los amigos están en la lista de renuncias cuando uno coge las maletas y sale por la puerta de casa. Son ellos, los que se quedan (mi querida madre), quienes lo llevan peor. Pero que no cunda el pánico: los padres aguantan lo que venga mientras nos haga felices y tú, vete, vale la pena, no vas a llorar mucho. Lo bueno de esto es que se refuerza esa idea de volver, a casa, a la familia, y es algo muy bonito.

¿pero qué es eso que te empuja a vivir fuera una y otra vez?

Yo creo que es el hecho de que todo es posible y que puedes reconstruirte una y otra vez. El mundo es muy grande y muy diferente, está lleno de oportunidades y de sorpresas. Son todo sensaciones intensas. La gente siempre te enseña algo y te aporta mucho. Vivir fuera me enseñó a ser exigente con mis expectativas, a valorarme mejor. Cada experiencia nueva te hace más grande, más ancha, más apta para todo y dispuesta, más capaz. Vivir en otro país te descubre capaz de todo, capaz de superar el miedo sin paralizarte. Capaz de enamorarte de lo diferente, de integrarte en lo nuevo.


 

¿Y tú? ¿Has vivido fuera o tienes ganas de probar? ¿Qué te ha aportado la experiencia? ¿O qué te está reteniendo? ¡Cuéntame en los comentarios! ¡Ah! No te olvides de suscribirte al blog si quieres recibir las novedades en tu correo electrónico.

Plural: 6 Comentarios Añadir valoración

  1. Latas dice:

    Yo viviendo fuera aprendí a hacer fuego, a sobrevivir si me caigo en un lago helado, a sobrevivir 15 días en medio del bosque noruego, a hacer eventos para kitchenparty en facebook, a disfrazarme con lo poco que tenía, a reciclar latas para ganarme unas coronas, a ligar en inglés o en noruego si hacía falta, a bailar sobre las mesas, a beber alcohol caliente, a superar resacas y lo más importante, descubrí que hay personas maravillosas que en realidad no estaban tan tan lejos antes de cruzarnos en Oslo…

  2. g. carreira dice:

    Me tomé la libertad de compartir aquí lo que me fue transmitido en privado, porque aporta más valor a lo ya dicho! 🙂

    Skål!

  3. Como se ha dicho muchas veces, salir fuera es ”salir de la zona de confort”, es una constante adaptación a experiencias y personas nuevas. Tienes aspectos negativos, como es el pasar tiempo sin los tuyos o no poder compartir esas experiencias con ellos; encontrar dificultades con el lenguaje, la cultura, el tiempo… etc pero te mantiene activo y esto es de las cosas más importantes para sentirse a gusto con uno mismo y sentir que se está avanzando. (Es muy original el título de tu blog ^^)
    Irene Castañeda recently posted…El mar se forma GOTA A GOTA

    1. gaby carreira dice:

      Hola, Irene!

      Antes que nada, gracias por pasarte y detenerte a dejar un trocito de tus pensamientos aquí.

      Como tú dices, hay que enfrentarse a las cosas negativas, pero al final, el saldo siempre es positivo y no sólo ganan las experiencias estupendas, sino que superar esas cosas más agrias es también una parte importante del éxito.

      Por cierto, he estado echando un ojo a tu blog y me gusta como te describes. Te seguiré en el blog.

      Te espero de vuelta. Nos leemos!

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