La verdad sobre vivir viajando: todo lo que no se cuenta

Inspirada por este post de mis nuevos amigos blogueros de Puentes en el Aire, y dado que no consigo poner en palabras gran cosa sobre mi estado espiritual/emocional después del viaje, he decidido escribir este post para seguir contribuyendo a ese #proyectorealismo que empecé en Australia y procuré mantener vivo en todo mi movimiento. ¿Pero de qué va este #proyectorealismo, chata? Va de no camuflar la vida real en filtros de Instagram, de no ofrecer una realidad que no es a nuestros followers de las redes, a nuestros amigos de Facebook y a nosotros mismos, al fin y al cabo.

He oído historias de gente decepcionada porque sus viajes no son lo que esperaban. Yo misma he sido víctima de mis propias expectativas construidas con información irreal recogida en las redes sociales y otros blogs; aunque intenté prepararme para la bofetada que da la realidad a veces.

Bofetadas de realidad: el paraíso no siempre es bonito o cómodo o limpio o fácil.

La experiencia del viaje tiene un precio

Lo cierto es que disfrutar del paraíso tiene un coste que no es solo económico. Descubrir nuevos mundos, las historias de otras gentes, realidades sorprendentes, exige siempre una inversión que va más allá del dinero y un sacrificio de otras muchas cosas: tiempo, energía física y mental, comodidades, bienestar, estar cerca de otras personas o hacer otras cosas que también son importantes, por ejemplo. Empecemos por mencionar algunas:

1-El precio que se paga antes. Decidir emprender un gran viaje o lanzarse a la vida en movimiento durante un tiempo implica, en primer lugar, esforzarse antes para poder hacerlo real. Hay que empezar a decidir en qué invertimos nuestro dinero cuando tenemos un plan de ahorro y hay que comprometerse con los métodos de ingreso que decidamos gestionar. Esto, que a priori parece lo más normal, conlleva muchas renuncias: dejar de comprar ciertas cosas, dejar de salir a ciertos lugares, dejar de estar en algunos sitios -cerca de la familia, a veces-, dejar de hacer ciertas actividades, etc.

Muchos me dicen: “vaya, pasaste cuatro meses en Asia de vacaciones” o “¿cómo se puede viajar cuatro meses sin trabajar?” o “vives viajando, ¿te ha tocado la lotería o qué?”. Pocos prestan atención al hecho de que antes de pasarme esos cuatro meses sin trabajar pasé otros seis trabajando cincuenta horas semanales y decidiendo en qué no gastaba mi dinero. Tampoco quiero decir que me desviviera durante esos meses previos al viaje, pero hice una inversión de tiempo y energía bastante grande que no hubiera hecho sin un objetivo claro. Por otro lado, organizar la economía personal y seguir un plan de ahorros es una actividad que requiere de voluntad y dedicación; muchos no consiguen siquiera averiguar en qué gastan su dinero cada mes. Entonces, sí, pasé cuatro meses sin trabajar en Asia y uno antes de irme y otro más desde que he vuelto porque me he asegurado poder permitírmelo: yo con mi esfuerzo y mi organización financiera.

2-El precio que se paga durante. Otra renuncia importante que hay que hacer cuando se decide viajar -incluso cuando uno tiene bastante dinero- es la comodidad. Estar en constante movimiento es incómodo: hay que hacer y deshacer maletas, decidir qué llevar, gestionar la ropa sucia, cambiar de casa a menudo, usar un baño diferente todo el tiempo, cargar con la mochila, no poder predecir cómo reaccionrá tu pelo al agua y las condiciones ambientales locales y otras cosas igual de importantes.

Vivir en movimiento es decidir arreglárselas con poco -o contratar un par de sherpas para que acarreen tus pertenencias- porque todo lo que tienes va contigo siempre. Esto es, pocas ropitas, poco calzado, pocas cremitas para la cara y cero secador. ¡Que alguien se atreva a decirme que esto no es un drama!

Viajar sólo con lo básico… y tal.

El dolor emocional de vivir en movimiento

Hay una cuestión emocional de la que se habla poco o nada cuando se aborda el tema del nomadismo o la experiencia geográfica. Cada vez más veo artículos por ahí (como este) que mencionan estudios que demuestran que la verdadera felicidad se encuentra viajando y los decoran con magníficas fotos de magníficos paisajes del mundo que dan ganas de coger cuatro trapos y subir al primer avión que pase por la esquina de casa -como si existiera una línea de transporte aéreo de barrio.

La verdadera realidad es que viajar no es para todo el mundo.

Lo que no se cuenta: el tiempo muerto en los transportes infinitos.

Yo sí he descubierto la esencia de la vida en el movimiento, pero soy consciente de que pago un precio alto. Es un precio que siempre me compensa, como dije aquí, pero ineludible. Y es que al viajar nos exponemos a que duela el alma a veces; nos sentimos desconectados en algún rincón desconocido del mundo cuando se nos olvidan todos los motivos que nos empujaron a esa situación; nos sentimos vacíos por ser incapaces de apreciar más belleza en diferentes escenarios porque ya todos se parecen entre sí; nos sentimos solos, lejos de casa, de la familia, incapaces de conectar a un nivel más profundo con otros viajeros a veces; nos sentimos perdidos en una geografía desconocida y cansados de tener que aprender una y otra vez el nuevo entorno, de seguir siendo siempre el de fuera, el que no pertenece; nos sentimos desolados cuando ya no recordamos qué estamos buscando ni cómo hemos llegado a donde estamos.

Por otro lado, el movimiento cansa no solo a nivel físico, existe un cansancio emocional que se produce al lidiar con las respuestas de nuestro cerebro ante nuevos escenarios una y otra vez. Lidiamos con la ilusión de descubrir nuevos entornos, con el estado de alerta para enfrentarnos a nuevas situaciones, con la concentración para poder desenvolvernos sin perdernos/equivocarnos/gastar demasiado, con la disposición para mantenernos medianamente abiertos a pesar de todo por si surgen nuevos encuentros sociales; exponemos a nuestro cerebro a un trabajo arduo al exigirle que procese toda esa nueva información externa para hacerla familiar y poder relajarnos un poco por fin. Todo esto abruma, agota, desgasta y es común sentirse sobrepasado.

Lo que no se cuenta: los 15 mosquitos que me picaron mientras hacía esta foto.

La verdad sobre el tiempo

He aquí, pues, la importancia del tiempo, de descansar, de moverse lento. Entonces yo cuento que de los dos meses que pasé en Tailandia no recorrí más que unas cuantas calles de Bangkok y algunos rincones de una islita en la que me instalé. No habría podido hacerlo de otra manera porque me costó casi un mes empezar a sentirme cómoda en Koh Phangan (la isla mágica), bajar la guardia, abandonar el estado de alerta y empezar a formar parte del entorno geográfico y social.

Lo que no se cuenta: la paciencia que hay que tener para aguantarse a uno mismo durante diez días de lluvia ininterrumpida.

Claro que cada uno tiene sus ritmos y procesos y este aspecto depende de cuánto se quiera integrar uno en el entorno; pero independientemente de esto, debo insistir que si se quiere entender algo del lugar que se visita hay que relajarse en el tiempo y aprender a estar sin prisa por correr al siguiente destino. Hay que concederse tiempo para aburrirse, para salir a observar sin más, para que surjan conexiones mágicas y misteriosas, para que pase la vida.

El tiempo es un factor peculiar, a veces da mucho de sí, a veces parece inmóvil. Sea como sea, la experiencia me enseñó que vale más la pena dejar margen para acomodarse y existir en el lugar que se visita.

La verdad sobre vivir viajando

Podría seguir añadiendo cosas. No he hablado sobre lo que implica viajar sola o viajar acompañada. No he hablado sobre el dolor de despedirse todo el tiempo. No he hablado de la gestión del dinero en movimiento. No he hablado de la posibilidad de enfermarse. Sin embargo, creo que este un buen comienzo: desatarse de las obligaciones occidentales y viajar no es La Solución a la vida en estos tiempos de estrés y desconexión; es una opción válida para los que están dispuestos a pagar el precio de la experiencia geográfica.

Yo estuve. Y estoy. ¿Tú?

Plural: 6 Comentarios Añadir valoración

  1. Valen dice:

    Antes de nada, vaya honor inspirar por una vez a la que me ha inspirado a mí en tantísimas ocasiones.

    Es que lo explicas perfecto. Así es. Así se vive y así lo transmites. Yo muchas veces pienso que sin idealizar, no habría sido capaz de estar dos años ahorrando y privándome de un estilo de vida más relajado para poder llegar aquí. Supongo que es tan peligroso como necesario y hay que aprender a lidiar con ello. Lo bonito de compartir estas cosas es darse cuenta de que no eres la única que se siente así, queremos ser únicas pero acompañadas y comprendidas, y tú lo bordas siempre 🙂

    ¡Un abrazo enorme!

    1. gaby carreira dice:

      🙂 Gracias, Valen. Me halaga saber que te he inspirado en otras ocasiones también.

      Compartir es una palabra clave en el vocabulario de mi vida. Me alegra que nos hayamos juntado para eso en este ratito virtual.

      Otro abrazo enorme para ti!

  2. Luciana dice:

    Dos meses atrás paseado por Koh Samui, pensé : en estos tiempos dónde todo el mundo le aplica un filtro a una foto (instagram) que peligroso ¿no? porque uno se ve empujado a viajar a un paraíso y en realidad no es más que una foto editada. Pensé en escribir algo sobre eso y al tiempo me encontré con este artículo que me pareció genial http://www.biobiochile.cl/noticias/2016/03/24/expectativa-vs-realidad-la-verdad-tras-los-lugares-turisticos-mas-visitados-del-mundo.shtml , claro es algo muy moderno. Me parece curioso pensar que eso antes ni existía y hoy en día vemos mil fotos editadas por día de paisajes alucinantes. De hecho una vez me pasó a mi misma, de poner una foto y pensar ¡que lindo! y después digo; si alguien ve esta foto y viaja a París para ver esto, se va a matar buscándolo y no lo va a encontrar.
    Yo creo que es fundamental que si una persona toma la decisión de hacer un viaje largo o sin pasaje de regreso, sepa de que se trata este mundo o al menos se informe un poco. Es importante que uno sea consciente para y porqué viaja, y ahí se va a ahorrar unos cuantos dolores de cabeza.

    1. gaby carreira dice:

      Efectivamente. Y viajar por la experiencia vital, no por hacer la foto. Pero inevitablemente sucede, en este mundo en el que estamos contaminados de imágenes basadas en la realidad… hoy me descubrí buscando una foto en Italia, no un lugar. Tuve que detenerme a darme cuenta… En fin… 🙂

      Un abrazo, amiga!!

  3. Daniel dice:

    Comparti tu articulo en una de mis paginas..me parecio excelente!

    1. gaby carreira dice:

      Lo vi, gracias, Daniel. Un placer tenerte por aquí! 🙂 🙂

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

CommentLuv badge